Capitalismo. Pocas palabras generan reacciones tan intensas con tan poco análisis detrás. Para unos es la fuente de toda prosperidad. Para otros es la raíz de todos los males. La mayoría lo usa sin tener muy claro qué significa exactamente. Vamos a intentar entenderlo de verdad, sin bandería política, solo mirando qué es, cómo funciona y qué consecuencias tiene.
De qué estamos hablando exactamente
El capitalismo es un sistema económico basado en tres ideas fundamentales. Primera: la propiedad privada existe y está protegida, es decir, las personas y las empresas pueden poseer bienes, tierra y medios de producción. Segunda: los precios los fija el mercado mediante la oferta y la demanda, no un planificador central. Tercera: el objetivo de producir bienes y servicios es obtener un beneficio económico.
Eso es todo en su esencia. No hay nada en esa definición sobre si es justo o injusto, bueno o malo. Es simplemente una descripción de cómo se organiza la producción y el intercambio.
Lo que llamamos capitalismo hoy no es exactamente lo que existía en el siglo XIX. El sistema ha evolucionado enormemente y hay versiones muy distintas entre sí que comparten ese nombre. El capitalismo de Suecia, con un estado muy presente y una red de protección social amplísima, y el capitalismo de Estados Unidos, con mucha menos intervención estatal, son tan diferentes que a veces parece que apenas merecen el mismo nombre. Pero ambos tienen propiedad privada, mercados y búsqueda de beneficio como ejes centrales.
De dónde viene todo esto
El capitalismo moderno no apareció de la nada. Surgió de una serie de transformaciones que ocurrieron en Europa occidental entre los siglos XV y XVIII.
Antes el sistema económico dominante en Europa era el feudalismo. En el feudalismo la tierra era la riqueza fundamental y estaba controlada por la nobleza. Los campesinos trabajaban esa tierra a cambio de protección y quedaban vinculados a ella. No había mercado libre porque la mayor parte de la producción estaba destinada al consumo propio o al pago de obligaciones feudales, no al intercambio.
El comercio marítimo con América, África y Asia cambió todo. De repente había enormes cantidades de riqueza circulando: especias, metales preciosos, telas, esclavos. Los comerciantes que organizaban ese comercio acumularon fortunas enormes y con esas fortunas empezaron a financiar producción a gran escala. Nació una nueva clase social: la burguesía, que no era noble ni campesina sino propietaria de capital y orientada al comercio.
La Revolución Industrial en el siglo XVIII y XIX fue el momento de aceleración definitiva. Las máquinas multiplicaron la productividad de forma espectacular. Para tener máquinas necesitabas capital, para tener capital necesitabas inversores, para atraer inversores necesitabas prometer beneficios. Todo el sistema económico se reorganizó alrededor de esa lógica.
Cómo funciona el mecanismo central
El corazón del capitalismo es el mercado y el precio. Cuando hay mucha demanda de algo y poca oferta, el precio sube. Ese precio alto atrae a productores que quieren aprovechar el margen de beneficio. Más productores aumentan la oferta. La mayor competencia baja los precios. El mercado se equilibra solo.
Adam Smith, el economista escocés que en 1776 publicó La riqueza de las naciones, describió este mecanismo con una metáfora que se ha hecho famosa: la mano invisible. Cada productor, buscando su propio beneficio, es guiado por una mano invisible hacia resultados que benefician al conjunto de la sociedad. Sin que nadie lo planifique, el panadero produce pan porque quiere ganar dinero, y al hacerlo alimenta a su comunidad.
Es una idea poderosa y con mucho respaldo empírico. Los mercados coordinan información de forma muy eficiente. Millones de decisiones individuales descentralizadas procesan más información de la que cualquier planificador central podría manejar. Cuando el precio de la gasolina sube, millones de personas simultáneamente y sin coordinarse entre sí buscan alternativas, ahorran más, compran coches más eficientes. Nadie les dijo que lo hicieran. El precio les comunicó que era necesario.
Las contradicciones que el propio sistema genera
Pero el capitalismo también genera problemas estructurales que sus defensores más honestos reconocen.
El primero es la tendencia a la concentración. En mercados libres los más eficientes crecen y los menos eficientes quiebran. Con el tiempo los grandes se comen a los pequeños. Lo que empezó como un mercado competitivo tiende a convertirse en un oligopolio o monopolio donde ya no hay competencia real. Google controla el 90% de las búsquedas en internet. Cuatro empresas controlan el 80% del mercado de carne en Estados Unidos. Cuando no hay competencia la mano invisible deja de funcionar.
El segundo es la externalización de costes. Una fábrica que contamina un río está trasladando el coste de esa contaminación a la sociedad. Ese coste no aparece en el precio del producto. El mercado no lo recoge. Los economistas lo llaman externalidades negativas y es una de las razones por las que el capitalismo sin regulación tiende a destruir recursos comunes como el aire, el agua o el clima.
El tercero es la desigualdad. El capital genera rendimiento. Si tienes capital, ese capital trabaja para ti. Si no tienes capital, tú trabajas para el que lo tiene. Con el tiempo la riqueza tiende a acumularse en menos manos. El economista Thomas Piketty demostró con datos históricos que cuando la rentabilidad del capital supera el crecimiento económico general, la desigualdad aumenta inevitablemente. Y en la mayoría de períodos históricos el capital rinde más que lo que crece la economía.
El cuarto es la inestabilidad cíclica. Las economías capitalistas no crecen de forma lineal. Crecen y se contraen en ciclos. Las expansiones generan optimismo excesivo, el optimismo excesivo genera burbujas, las burbujas explotan y arrastran con ellas a personas que no tuvieron nada que ver con inflarlas. La crisis de 2008 es el ejemplo más reciente: la especulación financiera de unos pocos generó una recesión que afectó a millones de trabajadores en todo el mundo.
Las versiones que existen hoy
No hay un capitalismo sino varios modelos que comparten los principios básicos pero los aplican de formas muy distintas.
El capitalismo anglosajón, predominante en Estados Unidos y Reino Unido, pone el acento en la libertad de mercado, la mínima intervención estatal y el valor para el accionista como objetivo principal de las empresas. Los impuestos son relativamente bajos y la red de protección social es más limitada.
El capitalismo renano o social de mercado, predominante en Alemania y los países nórdicos, combina mercados libres con una fuerte intervención del estado en educación, sanidad y protección social. Las empresas tienen obligaciones no solo con los accionistas sino también con los trabajadores y la sociedad. Los sindicatos son fuertes y participan en la gestión de las empresas.
El capitalismo de estado, modelo chino, mantiene la propiedad privada y los mercados pero con una dirección estratégica muy fuerte del estado que orienta la inversión hacia donde considera prioritario. Es capitalismo pero con un papel del estado que sería impensable en Occidente.
Los resultados en términos de bienestar, desigualdad e innovación de estos modelos son bastante diferentes entre sí, lo que sugiere que la forma en que se regula y complementa el mercado importa tanto como el mercado en sí.
Lo que los datos dicen
Más allá de las ideologías, hay algunas cosas que los datos históricos muestran con bastante claridad.
Desde que el capitalismo industrial se expandió por el mundo, la pobreza extrema ha caído de forma espectacular. En 1820 más del 90% de la humanidad vivía en pobreza extrema. Hoy es menos del 10%. La esperanza de vida se ha más que duplicado. La mortalidad infantil ha caído brutalmente. El acceso a educación, tecnología y alimentación ha mejorado para la mayoría de personas en la mayoría de lugares.
Al mismo tiempo, la desigualdad dentro de los países ricos ha aumentado en las últimas décadas. Los salarios reales de la clase trabajadora en muchos países occidentales llevan décadas estancados mientras la riqueza de los más ricos se ha multiplicado. El 1% más rico del mundo posee más riqueza que el 50% más pobre junto.
Ambas cosas son ciertas simultáneamente. La humanidad en promedio vive mejor que nunca y al mismo tiempo la riqueza está más concentrada que en décadas. Entender esa paradoja es fundamental para entender los debates políticos y económicos de nuestro tiempo.
Por qué sigue siendo el sistema dominante
A pesar de sus contradicciones el capitalismo sigue siendo el sistema económico dominante en el mundo por una razón principal: ningún sistema alternativo que se haya intentado a gran escala ha producido mejores resultados en términos de generación de riqueza e innovación.
La Unión Soviética intentó durante 70 años un modelo de planificación central sin mercados y colapsó. Cuba y Corea del Norte mantienen modelos alternativos con resultados que en términos de bienestar material son bastante peores que los de países comparables con economías de mercado.
Eso no significa que el capitalismo sea perfecto ni que no deba ser reformado, regulado o complementado con instituciones públicas fuertes. Significa que la capacidad de los mercados para coordinar información y generar incentivos a la innovación es muy difícil de replicar con otros mecanismos.
El debate real no es capitalismo sí o no. Es qué tipo de capitalismo, con qué regulaciones, con qué red de seguridad social, con qué límites a la concentración de poder y con qué mecanismos para corregir sus fallas estructurales.
Ese es el debate político y económico fundamental de las democracias occidentales hoy. Y para participar en él con criterio hay que entender primero de qué estamos hablando.